Lo que no tiene en cuenta el Ministerio de Sanidad que aquí hay mucho gorrón que lucirá, con enorme orgullo, todo lo que le ha costado a las arcas públicas, y eso que se ha ahorrado el tío en caso de haber ido por la sanidad privada. Me refiero a esos caraduras que presumen de ir dando el sablazo sin piedad a todos aquellos que puedan sacarle algo (si están sanos unas cañas, y si están chungos unos botes de suero). Jetas y aprovechados los hay para llenar varios hospitales y quedarnos sin camas. A los profesionales de la hipocondría no les intimida conocer lo que han costado sus gastos hospitalarios, al revés, presumirán de ellos en sus respectivas cuentas de Facebook. Allí aparecerán con su foto sonriente y vacilando de "facturón" sin vergüenza porque sinvergüenzas son. Y en el barrio pasarán a tener categoría de "gente", tipos que callan a las vecinas cuando pasan cerca de ellas.
Lo que no se entiende es por qué no se factura a los que van a urgencias a pasar la tarde, que no son pocos. Sabido es que cuando toca puente, o partidazo en la tele, los servicios de urgencias de los hospitales españoles se vacían como si hubiera sonado una alarma de inminente invasión de tropas marcianas. En ese caso o tenemos una enfermedad muy selectiva, o cuando hay cosas "más importantes" nos quedamos en el sofá a esperar a que el árbitro toque el final del encuentro. Mientras quede un trozo de pizza y una cerveza en la nevera no hay que temer por nuestra salud. Sería interesante conocer los índices de atención por urgencias que tuvimos este verano cuando la selección jugaba sus partidos en Sudáfrica.
A esos que van a urgencias por "un pinchacito aquí", o por un dolor de alma que luego no sale en las placas (y que son incapaces de pedir cita en su centro de salud), habría que mandarles "la factura fantasma" pero con el fantasma a ser posible y que se les aparezca en mitad de una pesadilla. Y que les llegue una carta de Leire Pajín: "Usted no es un enfermo, ¡usted es un gorrón!".
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