Sinceramente, estoy hasta los eurohuevos de escuchar que España no es Irlanda, ni Portugal. O que, naturalmente, Portugal tampoco es Irlanda, como Irlanda no es Grecia, ni Grecia era la Grecia que ha acabado siendo. Harto de que los que aspiran a gobernar mi país (es un decir) se dediquen a remover la mierda, de modo que cada vez se excita más las pituitarias tan sensibles de los mercados, depredadores de haciendas y de almas. Hasta la náusea estoy de que nadie se atreva a reconocer que lo que estamos viviendo es la quiebra del estado; no la del estado del bienestar, no: la del estado mismo, con sus soberanías y sus cosas. Zapatero es, a estas alturas, solo una anécdota y las chorradas publicitarias de los aspirantes en las elecciones catalanas, la medida de lo que dan de sí esas luminarias.
¿Qué tal si empezamos a decir que Irlanda somos todos, o que Grecia somos todos o que, llegado el caso, Portugal y España somos todos? ¿Qué es Europa si no? ¿Cómo puede ser Europa si no? Particularmente no me siento muy diferente de un griego, un portugués o un irlandés (o un alemán o un francés, naturalmente) ya sean de izquierdas, de derechas o mediopensionistas, qué más da. Quiero decir que me siento tan estafado como ellos y no por quienes provocaron esta crisis (las alimañas son alimañas) sino por quienes les consistieron cometiendo un fraude histórico, este sí, sin precedentes: se les puso para que gobernaran, esto es, para que evitaran precisamente lo que ha sucedido; y siguen hablando de ataques especulativos, de desconfianza... como si se refirieran al mismísimo Dios cuyos designios son inexcrutables y fatales, y vagan con cara de bobos por los alfombrados pasillos comprobando atónitos en los dossiers que los atracadores siguen teniendo beneficios indecentes.
Tienen razón Adolfo y los jóvenes españoles. O sea. Lo dicho, a Pernambuco, donde quiera que esté.
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