Carlos Dívar, presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, y María Emilia Casas, presidenta del Tribunal Constitucional, bien podrían ser la cara y la cruz de una misma moneda. Dívar, la cara. Tras un año y tres meses al frente del órgano de gobierno de los jueces ha conseguido lo que parecía imposible: traer paz interior a la institución. Su talante, al que algunos tildan de “curil” y otros de “político”, está dando sus frutos.