Nadie había llegado a la Casa Blanca con tanto carisma y tanta expectación. Barak Hussein Obama había derrotado primero a Hillary Clinton para hacerse con la nominación demócrata y finalmente al republicano John McCain, con más de ocho millones de votos populares de diferencia y una ventaja en votos electorales de 365 frente a 173. El país atravesaba la crisis económica más grave desde la Gran Depresión, pero la ciudadanía confiaba en el liderazgo del primer presidente negro en su historia. Esa euforia contagiaba también a los escenarios internacionales en las postrimerías del pasado año y en los días en torno a la toma de posesión presidencial, el 20 de enero.