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    22 de noviembre de 2017

RAUL HERAS

Quieren más dinero público para los partidos. Son insaciables. No plantean una reducción del número de parlamentarios de todo tipo que existen a nivel del estado y en cada una de las autonomías, al contrario, si por ellos fuera, lo aumentarían con la excusa de una mejor representatividad de los ciudadanos. Una mentira como la copa de un pino y valga un ejemplo que, por repetido, espero que no pierda eficacia en lo que tiene de denuncia: la Comunidad de Madrid tiene 129 parlamentarios cuando si aplicáramos los porcentajes en los que se basa el Congreso de los Diputados no llegarían a sesenta. Y es uniprovincial, apenas seis millones de habitantes, y con leyes para todos los gustos y necesidades.
Cataluña y su crisis han permitido resurgir al íder de la formación naranja, a quien hace tan sólo un año muchos daban por amortizado, como lo fue en su día la UCD o el CDS

Cada fin de semana hay una encuesta en los medios de comunicación. La mayor parte de las mismas se basan en nuestras muy pequeñas y obedecen a encargos que realizan los propios medios. Queda la del CIS, que cuenta con mayor número de encuestados pero cuya "cocina" hace que los resultados no correspondan luego con lo que arrogant las urnas.

Dentro de 50 días se va a plantear el mismo dilema y se tendrá que revolver con una situación "matrimonial" muy parecida a esa rara suma de tres partidos: la antigua CiU de Artur Más y Carles Puigdemont, la Esquerra Republicana de Oriol Junqueras y la CUP de Antonio Baños y Anna Gabriel. Una mezcla sociológica contra natura con el único hilo común en el independentismo

Las dos velocidades de Cataluña y Euskadi se han plastado esta semana de los muertos en dos escenario internacionales: mientras en Bruselas Carles Puigdemont y cinco de los suyos piensan y negocian un posible "exilio político" al igual que hiciera Francesc Maciá en 1926 tras ser detenido en Francia por intentar una incursión militar contra Alfonso XIII y Primo de Rivera; en Quebec el lendakari Iñigo Urkullu y dos de los suyos plantean el reconocimiento de Euskadi como nación dentro de España y la Unión Europea.

Ya sabemos lo que va a hacer Mariano Rajoy si se aprueba en Cataluña la declaración de independencia, con o sin convocatoria electoral por medio: mano dura y que pase todo lo que tenga que pasar, con movilización de toda la fuerza disuasoria del Estado, desde la Guardia Civil a la Policia y los Mossos y hast las Fuerzas Armadas si fuera necesario. Las consecuencias posterior es dependerían de la actitud de la sociedad civil catalana, de lo que se haga por parte de los más radicales y de la resistencia que puedan ofrecer e imponer desde los funcionarios de la Generalitat, a los cerca de mil alcaldes que se han declarado independentistas.

Si imitamos la sorna gallega de Mariano Rajoy y nos preguntan por lo que pasará dentro de cuatro días tendremos que decirles a los curiosos que el Senado aprobará la entrada en vigor del artículo 155 y que una vez publicado en el BOE el Gobierno central tomará por completo las riendas de Cataluña. O no.
Está mañana de jueves, 19 de octubre, se reanuda el juego de las tres en raya en el que están compitiendo dos presidentes: el del gobierno central y el de la autonomía catalana. Mariano Rajoy y Carles Puigdemont no lo van a terminar por mucho que se haya insistido en que a las diez de la mañana se tomarían decisiones para terminar con la incertidumbre del Procés y las tentaciones independentistas. No ha sido así y lo vamos a comprobar en los próximos días.
Existe un enamorado/a del cine en el complejo de La Moncloa. Estoy seguro ya que sólo desde el conocimiento profundo del séptimo arte español se puede haber dejado para el jueves 19 de octubre la solución del enredo catalán, con su montaje de artificio, sus protagonistas de sainete hispano y sus dos finales posibles que desembocarán, como ocurrió con el film en un fracaso cantado.

Unos miles de independentistas habían ido al Parlament de Cataluña para festejar la declaración de independencia del presidente Puigdemont. Estaban dispuestos a celebrar la llegada de la República y se han encontrado con que la declaración se ha quedado en nada, en un manejo de intenciones que dejan a una larga negociación sin fecha y a la presencia de mediadores el resultado final de lo que pretendieron con el Referendum del 1 de octubre.

Los españoles somos de calle como todos los mediterráneos. Lo da el clima. Llevamos siglos saliendo a la calle. Lo hacemos con distintos apellidos desde antes de que los romanos nos convirtieron por primera vez en una única comunidad. Aquella Hispania que enviaba oro y emperadores a la capital del Imperio ya tenía mucha calle. Le siguieron los visigodos que llegaron del Este y los árabes que se quedaron desde el Sur durante ocho siglos.

Primero ha sido Guerra acusando a Puigdemont y el independentismo de golpista, y a continuación ha sido Aznar quien ha puesto las banderillas de casitigo a Rajoy, instándole a actuar o a convocar elecciones
Es la crisis más grave de nuestra democracia, más que la que protagonizaron un grupo de militares el 23 de febrero de 1981. En aquella ocasion no estaba en juego la estructura ni la unidad de España. Ahora sí y con consecuencias mayores.
Existe un paro que ha vuelto a crecer en 300.000 personas una vez que se ha acabado el efecto vacacional y que presiona sobre miles de familias. Existen las pensiones que siguen perdiendo poder adquisitivo año tras año y dejan a la clase más débil al borde de la miseria. Existe una Sanidad pública que da alarmantes señales de acercarse al colapso por la falta de inversiones y personal. Existe una Educación que nos mantiene en el furgón de cola de Europa

Es imposible resistirse a la comparación: Mariano Rajoy y Jorge Moragas ( con barba o al menos bigote) se van a convertir en los Phileas Fogg y Jean Passepartout de la política española. Encajan en los dibujo que hicieron Alphonsa de Neuville y Leon Benett para la edición por entregas que hizo "Le Temps" de la novela de Julio Verne entre el 7 de noviembre y el 22 de diciembre de 1872.


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