Por su parte, Mariano Rajoy espera el efecto contrario: que la crisis se lleve por delante a su rival. De ahí la renuencia con la que Montoro y Nadal, los comisionados del PP, acuden a la cita de la vicepresidenta. Está claro que es el Gobierno quien tiene la responsabilidad de gobernar y cínico sería pretender endosar esa encomienda a la oposición, pero en una circunstancia tan excepcional como la que padecemos -una recesión económica de perfiles muy agudos-, es tarea de todos aportar soluciones.
Zapatero debe decir cuáles son sus planes y sus líneas rojas y otro tanto, a mi juicio, debería hacer Rajoy. Una vez que dichos planes hayan sido analizados de buena fe por ambas partes, deberían trazar una hoja de ruta. Un plan de actuaciones y reformas como hemos visto hacer a nuestros vecinos de Francia y Alemania. Esa hoja de ruta debería ser el resultado de un acuerdo político previo que llevara al PSOE y al PP al terreno del único patriotismo posible: aquél que antepone los intereses generales a los réditos partidistas.
¿Cómo llegar al consenso? Cediendo por las dos partes en alguna de las líneas rojas, aparcando las diferencias, pactando mínimos. Se ha dicho, con razón, que, entre otras cosas, la economía es un estado de ánimo. De ser así, no me cabe la menor duda de que un acuerdo entre el PSOE y el PP -aunque sea, ya digo, de mínimos- animaría a empresarios, trabajadores y cajas de ahorro a encarar la crisis de otra manera. Con la idea de que, por una vez, y ante la magnitud de la recesión, los intereses de los ciudadanos están por encima de las miserias de la política. Ojalá que la comisión sirva para trazar esa hoja de ruta que tanto necesitamos para salir de la crisis.
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