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Hemeroteca :: Edición del 18/03/2010 | Salir de la hemeroteca

09/03/2010.- La verdad es que sostener, a estas alturas, que las corridas de toros son una cuestión identitaria de los españoles, me produce irritación. Pretender que sean reconocidas por la UNESCO es, simplemente, una necedad; claro que, como no lo hará, será sin duda porque está infiltrada de masones, algún lobby filocatalán y otros conspiradores, que es lo que pasaba en tiempos que, a lo que parece, no hemos superado.

Digo que me irrita porque, aunque no conozco estadísticas fiables (en esta polémica en la que no cabe equidistancia, casi nada es fiable) sobre cuantos españoles lo creen y cuantos no, sospecho que a unos se lo parece y a otros no. De manera que no caben afirmaciones categóricas; o sí, solo que, de hacerlas, resultan tan obvias las intenciones extra taurinas de quienes las formulan que incorporarlas al debate no es más que una trampa dialéctica.

Si lo fuera (cuestión identitaria, digo) que lo mismo lo es, me produciría en lugar de irritación, tristeza. Por más que haya gente en MI país a quienes ese sentimiento tan personal les pueda parecer delito de lesa patria. Qué le vamos a hacer.

Negar que las corridas de toros son una tradición que viene de los tiempos de Maricastaña, que es del gusto de gentes sin distinción de ideología, o que ha motivado a luminarias de todas las artes, no tiene sentido. Es así. Hasta estoy dispuesto a admitir que forman parte de nuestra cultura, entendida ésta como el acervo (curiosa palabreja que, si se escribe con “b” significa otra cosa bien distinta que, no obstante, viene a cuento) de un pueblo.

Un comentario sobre las razones de los antitaurinos militantes sería bien simple: el animal sufre. Y poco más, porque el resto de los argumentos son derivados de ese.

De los defensores de las corridas me gustaría un arranque de honestidad y escuchar, no se, por ejemplo, que siendo así que está en la condición humana infligir sufrimiento a diestro y siniestro, sobre todo si se trata de una criatura inferior, debemos felicitarnos por ser capaces de construir sobre esa verdad una obra de arte.

Es que, la verdad, esa panoplia de motivos que suelen esgrimir, a saber: que también nos comemos a los pollos y las terneras, que sin lidia no habría toros, que el morlaco lucha por su vida en igualdad de condiciones, que en el fondo lo que les mueve es el amor al bicho, etc, son más bien de poco recorrido intelectual y difícilmente van a convencer a nadie cuyas pulsiones no sean, en esta materia, el motor de sus razonamientos.

Tengo claro que, aunque el Parlamento catalán prohibiera las corridas, las seguirá habiendo en otros lugares. Por ahora. De modo que, pierdan cuidado sus defensores. Será un poco molesto porque los aficionados de allí tendrán que conformarse con la tele (también la televisión pública –es decir, la de todos- las seguirá dando) o viajar a Las Ventas en donde, sin duda y a pesar de que hablen la lengua de Pujol, serán bien recibidos.

El de las corridas de toros es uno de esos debates en los que de poco sirve tener la razón, cuando lo que impulsa al contrincante no es la razón. No es suficiente con no acudir a la plaza pero, por fortuna, la democracia tiene mecanismos para objetivar las cosas, aunque tarde. Tiempo al tiempo. Y lo siento, más que nada por el toro.



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