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Hemeroteca :: Edición del 11/03/2010 | Salir de la hemeroteca

En los últimos meses y en los días recientes, nombres como los de Rodrigo Rato, Miguel Blesa, Miguel Ángel Fernández Ordoñez, y Hernández Moltó han tenido relevancia en la intensa y muy seria polémica generada sobre el modelo español de Cajas de Ahorro, al que se acusa, no sin algún fundamento, de excesiva politización o lo que es aún peor, subordinación al poder político de turno. Cierto que esta polémica en torno a la situación de las Cajas de Ahorros tiene mucho de artificial, porque el problema se reduce a la necesidad imperativa de sacar de una vez la mano política de estas instituciones financieras.

Decía recientemente el presidente de la CECA, Quintás Seoane, que la esencia del modelo de Cajas de Ahorros va a permanecer como hasta ahora, aunque sea inevitable realizar lo que él denominaba como algunos “ajustes finos” para adaptarse a los nuevos tiempos, lo que por otra parte las Cajas han venido haciendo a lo largo de casi doscientos años. Atribuye Quintás a ese mantenimiento de la fidelidad a la raíz y la simultánea capacidad de mudar en lo accidental la claves del éxito de las Cajas.

Aprovechaba por cierto recientemente el presidente de la CECA para denunciar que “siempre hay instancias que tratan de aprovechar cualquier momento de debilidad para intentar impulsar la desaparición de las Cajas. Indudablemente, somos competidores incómodos. Curiosamente, el ángulo por el que se nos solía atacar, el de no ser una sociedad anónima, es muy difícil de sostener en estos momentos cuando han sido los grandes Bancos, los más teóricamente expuestos a la disciplina de mercado, los que generaron esta crisis y los primeros que han caído. Así que, sinceramente, creo que después de lo vivido estos meses, el modelo de banca de proximidad de las Cajas de Ahorros va a salir fortalecido de esta crisis”.

Ahora mismo, el gran tema de moda son las fusiones, que han sido históricamente uno de los mejores instrumentos de racionalización del sector financiero y es posible que vuelven a serlo. Basta con escuchar al gobernador del Banco de España y a su equipo para comprender que el tiempo de las componendas se está acabando. O se fusionan o las fusionan. Caja Sur y Unicaja, por un lado; Caixa Galicia y Caixanova, por otro, o las "pequeñas" catalanas son buenos ejemplos. Vivimos tiempos de optimización, de diversificación del riesgo, de eficiencia y eficacia, etc., y está claro que las fusiones son una de las posibles vías para avanzar por tales sendas, siempre y cuando estos sean realmente los motivos y efectos relevantes.

La capacidad excesiva de intervención que la legislación vigente otorga a los Gobiernos autonómicos ha llevado al presidente de la CECA a reclamar al respecto, al Parlamento del Estado, una modificación legislativa, señalando que “en comunidades como Cataluña o Galicia donde se han autolimitado al veinticinco por ciento la representación de los organismos públicos en las Cajas, nunca se han producido espectáculos de lucha por el poder o de intentos de conquista de Cajas como los que repetidamente se presentaban en otras comunidades autónomas. Y esto significa que un límite máximo del veinticinco por ciento da mejor resultado que el del cincuenta por ciento vigente en la mayoría de las Comunidades Autónomas”
Cuando el tope es del cincuenta por ciento, es inevitable que los partidos políticos vean el dominio de las Cajas a su alcance e intentan conseguirlo. Lo cierto es que históricamente lo han conseguido pocas veces, lo que explica que los resultados económicos y sociales de las Cajas hayan sido tan buenos. Sin embargo, advierte Quintás que “esos intentos perturbadores han generado dos cosas: una, ruido, que daña la imagen, y dos, distracción a los equipos directivos.

Para decirlo con entera claridad, naturalmente que debe existir leal cooperación de las Cajas con los Gobiernos Autonómicos, pero nunca subordinación. Por eso es conveniente una representación razonable. Ahora bien, otra cosa muy distinta es que las Comunidades Autónomas piensen que las Cajas son instituciones propias y que pueden dirigirlas o cambiar a sus directivos igual que hacen con cualquier departamento de su Administración. Eso no se ajustaría al modelo español de Caja de Ahorros. En los últimos treinta años las Cajas han multiplicado por ochenta su valor y como destaca Quintás “la fórmula de su éxito ha sido muy sencilla: autonomía frente a los poderes públicos y competencia plena. Cada vez que hemos perdido alguna de estas cosas en nuestra historia, las Cajas se han adormecido o han declinado. Se trata pues de una fórmula testada por dos siglos de experiencia”
Tenemos que adminitr que el modelo financiero español choca en muchos momentos con el modelo europeo, y que la capacidad y libertad del propio Mafo al frente del Banco de España está más que mediatizada por las decisiones que toma el Banco Central Europeo bajo la más que dudosa gestión de Jean Claude Trichet. En el caso concreto de las Cajas de Ahorro y las fórmulas que se están buscando en las fusiones interterritoriales las diferencias son aún mayores. Serán Cajas en el cascarón y bancos en el contenido, una forma de salvar sus propios Estatutos.

Es importante tener en cuenta que la financiación del sector empresarial, y muy especialmente de las medianas y pequeñas empresas, ha sido tradicionalmente un objetivo prioritario de las Cajas, que han sabido encauzar la financiación del tejido empresarial de forma eficiente, tanto desde el punto de vista geográfico como de los sectores de actividad, gracias al profundo conocimiento de sus zonas de actuación. Y además de la financiación de la actividad empresarial a través del crédito bancario directo a las empresas, la intermediación en programas de iniciativa pública o la inversión en sociedades de “capital riesgo”, las Cajas de Ahorros, como recientemente destacaba Quintás, dieron un paso más en su implicación con este segmento mediante la participación directa en el capital de muchas empresas, contribuyendo así al desarrollo equilibrado y sostenido de las regiones más desfavorecidas.

Cierto que las Cajas de Ahorros son entidades estrictamente privadas, pero tienen al mismo tiempo una vocación social y territorial que las diferencia de otros operadores en el mercado financiero, y es en virtud de esa vocación y sólo debe ser por eso, que los Órganos de Gobierno de las Cajas tratan de ser una representación a escala del tejido social, económico y cultural de los territorios en que prestan sus servicios. Dicho tejido se compone, lógicamente, de entidades públicas y privadas. Dicho de otra manera, en los Órganos de Gobierno de las Cajas de Ahorros participan cuantos intereses colectivos están involucrados en su gestión dentro del ámbito territorial en el que desarrollan su actividad. Las Cajas, en suma, aspiran a ser un reflejo de la sociedad. Es así que la diversidad de nuestra sociedad se traduce en una diversidad interna en cada Caja de Ahorros, de manera que esa diversidad interna se articula a través de un juego de equilibrios que, si no es roto por una sobre-representación de los organismos públicos, impide el predominio de un grupo concreto sobre los demás. En las Cajas, señalaba recientemente Quintás, “las decisiones son el fruto de procesos negociadores abiertos en la búsqueda de “convergencias de intereses”.



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