FIRMAS
ZONA DE GUERRA
Última actualización 22/07/2009@09:05:15 GMT+1
La costa española parece zona de guerra. El sector inmobiliario, parado de por sí en estos últimos meses, parece en la costa arrasado por una descarga explosiva. Y lo peor no es la situación real, sino la ausencia de esperanzas para mejorar las cosas.
La situación es tan desoladora que recuerda el desánimo ciudadano que tenía que combatir el Kremlin, en plena Guerra Fría. Ante el bombardeo propagandístico de las autoridades, que pretendían inculcar un protocolo de actuación en caso de ataque nuclear por parte de la OTAN, la población pergeñó un programa alternativo, entre sarcástico y macabro, que quería reírse de la carencia de medios para llevar a cabo los planes de emergencia diseñados por las autoridades soviéticas.
Así, frente a las consignas de evacuación a los escasos y mal preparados refugios nucleares, los ciudadanos bromeaban resignados y fatalistas diciendo que en caso de ataque lo mejor era envolverse en una sábana y tenderse en la tumba.
La crisis de liquidez que ha agostado el sector inmobiliario condena al turismo residencial a la congelación. Pero este parón, obligado por causas exógenas al sector, no debe hacer olvidar que la costa española sería un destino inversor de primer orden, en situaciones normales. La existencia de buenas infraestructuras de transportes, servicios y dotaciones culturales, hacen de España un paraíso para cientos de miles de europeos.
Hay otros destinos emergentes que compiten con nuestro país en la atracción de turistas, pero están muy por detrás en infraestructuras. Lo que ganan en precio de inmuebles lo pierden en calidad de servicios.
En la actualidad, los promotores centrados en la segunda vivienda están pasando un momento delicado. Su pervivencia depende de su capacidad para reinvertarse y aumentar su peso en otros sectores. La recuperación de los mercados financieros es la tabla de salvación que esperan todos, pero a corto plazo no se vislumbra que esa ayuda vaya a llegar. Habrá que acostumbrarse a seguir nadando a contracorriente.