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El dominio de los simples

La simpleza no es la sencillez: es la ausencia de criterio, el desconocimiento del pudor y el calentamiento global de la única neurona de la que disponen los lenguaraces.

Los nuevos tiempos y las recientes tecnologías se han asociado con el fin de descubrir de una sola tacada a los personajes más tontos que parieron madres en un espacio temporal que comienza a ser infinito, porque han coincidido los viejos iletrados con los jóvenes no leídos que pueblan las redes con sus desatinos.

Si a esa exposición voluntaria de sectarismo y necedad añadimos las posibilidades que algunos medios de comunicación les ofrecen a quienes, siendo unos indigentes intelectuales, disfrutan de la notoriedad de un cargo público, no nos debe extrañar que las tribunas de opinión estén preñadas de despropósitos.

Ya no hay espacio para los estudiosos y han dejado de ser consultados como fuentes fiables los sabios, los científicos o los hombres y mujeres que han dedicado parte de su vida a aprender. Hoy cualquier tarambana es invitado a proferir tópicos cada vez que se precisa de una opinión para contextualizar un suceso ya sea político, social, económico, cultural o de carácter internacional. Basta con que llamen por teléfono a cualquiera porque todos están de guardia con el vademécum de tópicos y simplezas a mano.

Unos y otros – periodistas e invitados – colaboran al empobrecimiento global de la especie, porque ante la simpleza de una respuesta no existe la repregunta o la réplica del entrevistador, que se da por satisfecho con tal de que el opinador de turno haga una exhibición de su impudicia intelectual siempre que sea coincidente con la línea editorial del medio.

Se me amontonan los ejemplos para subrayar esta tesis, pero me resisto a elevar a categoría de referentes de opinión a los “boca chanclas” que inundan las redes o que se sientan en los platós televisivos para hablar del último atentado de Londres o del calentamiento global del planeta, que para todo tienen una respuesta.

Echo de menos las voces de los intelectuales no orgánicos que acostumbraban a decir algo de vez en cuando sobre asuntos graves que acongojan a una sociedad silente, que no se identifica con los que dicen representarles a gritos.

Cualquier día alguien repetirá que existen cinco puntos cardinales, porque quien ya lo ha dicho es su referente político, intelectual y moral.

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