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No, no estamos en campaña electoral aunque lo parezca
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No, no estamos en campaña electoral aunque lo parezca

Es raro el fin de semana en el que algún medio de comunicación no ofrezca una encuesta con porcentaje de escaños. En todos esos sondeos de apenas mil llamadas telefónicas siempre gana el Partido Popular y todos los demás pierden.y tan raro como no leer una encuesta sería no ver u oír en algún mitin a los dirigentes políticos. Cualquier excusa es válida para ello: que si un Congreso Federal, que si unas elecciones primarias, que si una inauguración, que si un aniversario, el objetivo es dar titulares y asegurar que no se quieren unas nuevas elecciones, aunque lo parezca.

Desde Mariano Rajoy, que es el que más amenaza sin sacar los votos a pasear, hasta Iñigo Urkullu, que es el más silencioso pues no en balde la historia del PNV está basada en los rentables silencios de sus dirigentes, todos los líderes asumen que la posibilidad de acudir a las urnas a finales de este año o comienzos del siguiente son muy grandes.

Si no hay Presupuestos, habrá elecciones. Si el PP recibe una nueva derrota en el Parlamento, habrá elecciones. No se dice, pero así se entiende. Gobernar en minoría tiene esos efectos, que hay que pactar a diario y eso es muy aburrido, cansa y no ofrece grandes logros a los ciudadanos. Rajoy depende de Albert Rivera mal que le pese. Y le pesa, seguro. Rivera no quiere sear aplastado por el tiempo de la actual Legislatura que si es muy larga puede dejar a Ciudadanos en los huesos. El partido naranja es útil, siempre dentro del orden del partido mayor, que viste de azul y emplea el palo y la zanahoria con singular habilidad.

Dentro de la izquierda, el divide y no vencerás se ha convertido en su verdadero slogan. El PSOE está dividido en tres pedazos y hasta el mes de junio seguirá así, con sus primarias por medio y con miedo. Susana Díaz va a demostrar el próximo domingo su fuerza entre los dirigentes, pero si vota la mayoría de los 180.000 militantes que dicen tener puede que las bases le hagan la cobra a sus líderes y pasen a votar a Sánchez. Y éste, que está dispuesto a todo, incluso a la ruptura aunque pierda salvo que sea derrotado de forma clamorosa, sigue levantando el puño de la misma manera que hacia Alfonso Guerra hace cuarenta años. Es la izquierda que pactó formar un gobierno imposible con la derecha de Ciudadanos ignorando las ofertas de la otra izquierda que era Podemos, pero la memoria de la militancia ya se sabe que es frágil y perdona y olvida con mucha facilidad.

En el centro de esa madeja que es el socialismo o la socialdemocracia - en Europa quieren revivir de la mano alemana de Schulz - está Patxi López, que es la vieja esencia pero sin la referencia de los "viejos", que están con Susana. Su gran mérito es haber sido lendakari para devolverle el poder al PNV y de haber presidido el Congreso de los diputados. El mismo dice que es la solución a los dos presuntos extremos pero lo más probable es que entre Díaz y Sánchez aplasten al López. Todos terminan en z, pero la gran Z, que fue y es Zapatero mira al sur.

Y cerremos con Podemos y sus confluencias, sobre todo la Cataluña, que quiere con la alcaldesa Colau tener cara propia y dejar a Podemos de apellido. Pablo Iglesias y sus centuriones, entre los que no están Iñigo Errejón y los suyos - agazapados con la mirada puesta en un futuro de mejores tiempos - han cambiado la casta por la trama de las castas. Parece que quieren cerrarle el paso a esa izquierda dura y callejera a la que hace guiños desde el PSOE Pedro Sánchez. Puede que se encuentren en la esquina de una campaña electoral y dividan aún más a la izquierda.

Sonrisas hay para todos los gustos pero la más genuina es la que menos se nota, que es la de Mariano Rajoy. Ya hasta Juanma Moreno se ve presidente de Andalucia, lo que no consiguió Javier Arenas, el político mejor emboscado de toda la transición como buen democristiano que tuvo en Oscar Alzaga a su maestro.