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A mí, la legión

Este oficio de escribir todos los días me obliga a tener la mente abierta, los ojos y oídos atentos, la imaginación engrasada, el lenguaje presto, la conciencia no hipotecada y las espaldas anchas, por lo que me pueda caer encima.

Cuando uno, como es mi caso, convierte en imagen escrita el culo de Jennifer López, la muerte de mi perro lord Bowie, el poder de la mujer madura, la insolvencia de Pedro Sánchez, la falta de coherencia de Rajoy, las bravatas de Podemos, el cuñadismo de Ciudadanos o la delincuencia organizada y consentida a los independentistas catalanes, sabe que no está caminando por la senda de hacer amigos.

Sería de una ingenuidad digna de mejor causa creer que las críticas a otros colectivos profesionales resultan gratis, porque algunos se parecen a los legionarios que, según reza su credo: “A la voz de ¡a mí la Legión! , acudirán todos y, con razón o sin ella, defenderán al legionario que pida auxilio”.

Yo entiendo la pasión irracional que ciega el entendimiento y lleva, a la gente bien nacida a defender, con razón o sin ella, a su madre, a sus hijos y… poco más. Pero ponerle la etiqueta de apestado a quien disiente de tu valoración sobre un hecho o una persona, es una desproporcionada forma de manifestar un desacuerdo.

Cuando eso sucede y alguien te mira con cara de perdonarte la vida, advirtiéndote que has agotado tu última bala, te reafirmas en tu decisión de no rendirte ante el miedo.

Por si sirve de algo les diré que me agrada que me lean, aunque me pongan a parir, pero me gustaría dar algunas pistas sobre lo que significa este trabajo.

Escribir una columna de opinión no es lo mismo que contar noticias, ni tampoco consiste en relatar hechos como si el que los escribe fuese un notario.

Escribir una columna de opinión es un ejercicio de creatividad, de imaginación, de uso ocurrente del lenguaje, de utilización de metáforas y de exageración controlada de las palabras para provocar el interés, la aceptación o el rechazo malhumorado de los lectores.

Conozco a unos cuantos escritores aburridos que tienen su parroquia fiel porque nunca la sorprenden.

Sé de pasteleros empalagosos que no se sabe si van o vienen porque siempre se mantienen en el punto de equilibrio preciso para no molestar a nadie.

Son demasiados los escritores de la Corte que nunca fallan a la ideología de la que cobran.

En este oficio hay gente que no me interesa nada.

En septiembre del año 2008 empecé a recoger en un blog mis artículos de opinión que desde muchos años antes venía escribiendo en otros medios. Desde entonces hasta hoy he recibido aplausos, críticas e incluso algún insulto.

Si me condicionaran los halagos o los reproches sería un ingenuo, porque yo escribo para no dejar indiferente a nadie y, sobre todo, para hacer un ejercicio de libertad de expresión, tan legítimo como el de los que no están de acuerdo conmigo.

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