Lo que algunos dirigentes catalanes, desde los de Esquerra Republica a muchos del PSC, quieren es conseguir a través de la pura gestión política y parlamentaria la independencia de Cataluña a medio plazo: primero con una “Constitución” que consagre las relaciones entre iguales y que se plasme en todos los sectores de la vida social en ese territorio, para llegar en su recorrido final a la plena soberanía, pasando quizás y en razón de las circunstancias del momento por una “unión en la Corona”.
Para conseguir ese objetivo y toda vez que la sentencia les impide el paso por la puerta principal, piensan conseguirlo por la puerta trasera, o lo que es lo mismo: a través de leyes menores y acuerdos puntuales que desarrollen de hecho todo lo que el Constitucional les ha vetado. Necesitan, eso sí, la connivencia, el acuerdo, la complicidad del Gobierno de la Nación, sea el que sea, hoy el de José Luís Rodríguez Zapatero, mañana el de Mariano Rajoy. ¿ A cambio de qué?, de la simple presión de la aritmética parlamentaria, de que se necesite su voto para sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado o las leyes que proponga el gobierno. Desde CiU y desde Ezquerra, y hasta desde la Izquierda Unida catalana, es comprensible esa actitud de la misma forma que es comprensible el ataque a todo lo que puede representar socialmente a España desde el inicio de la democracia, con la lengua y las tradiciones en primer plano. No así desde el PSC que sueña con “independizarse” él mismo del PSOE y actuar con total independencia en los órganos legislativos del estado. Ya lo intentaron cuando dirigía a los socialistas Felipe González y tuvo que amenazarles Alfonso Guerra con crear el PSOE de Cataluña al margen de las otras siglas.
En Cataluña sólo una pequeña minoría de ciudadanos se considera independentista y aspira a su separación total de España. Y es respetable en la medida de que acepten el juego democrático y la libertad plena del pueblo, del pueblo catalán en su conjunto a decidir. No a que lo hagan en su nombre la minoría que milita y dirige las formaciones políticas. Y digo sólo el pueblo catalán para que no se escuden en que la mayoría del pueblo español no es su mayoría. Pues bien, ni la suya les llevaría a abandonar la España que conocemos. Es verdad que España ya no es la que terminó con la Dictadura, ni siquiera la que votó para entrar en la OTAN o aprobó de forma mayoritaria la entrada en la Unión Europea. Afortunadamente ha cambiado y mucho y para bien. Somos una nación mucho más compleja, más interrelacionada con otras culturas, otras lenguas, otras formas de ver el mundo. Se habla del respeto a las lenguas maternas e incluso de “recuperar” el bable o el castuelo cuando en algunas poblaciones el quince por ciento de sus habitantes hablan y escriben en árabe, por no mencionar a los miles de rumanos, polacos, rusos…que se han integrado sin que por ello se les haya obligado a dejar sus señas de identidad.
De lo que ocurra en los próximos meses en Cataluña – con las elecciones del próximo otoño en primer lugar – va a depender en buena medida una parte del futuro de nuestro país, y no sólo a nivel político. En economía y con la crisis financiera galopando por todo el mundo, nuestra credibilidad y nuestro futuro como nación cotizan en la bolsa del gran dinero. La inestabilidad institucional, los enfrentamientos territoriales, las rivalidades partidistas llevadas al extremo nos cuestan muy caras a todos. Nos cuestan en el día a día, en nuestras hipotecas, en los precios que pagamos por los alimentos, la vivienda, el teléfono o la gasolina, en la posibilidad de acceder o no a todo tipo de créditos. Si nuestros políticos aceptan la trampa, si asumen que se puede conseguir en la mesa de los pactos lo que no se ha conseguido en el campo abierto del derecho, detrás de Cataluña irá el resto de las autonomías. Ninguna querrá ser menos que las demás si la diferencia está en el momento histórico al que se recurre para la exigencia de diferenciación, que no puede ser la simple existencia de una segunda lengua, con todo el respeto que ésta merezca. Respeto desde la suma de cultura que significa, no desde el barranco que nos separe.
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