Desde esa realidad el PSM y el PSOE desde su “central” pueden hacer dos cosas: cambiar de candidatos y volver a presentar a dos “paracaidistas” que nada hayan tenido que ver con esas dos Administraciones; o apoyarles en este año que queda hasta la cita con las urnas, dotarles de los medios que necesiten y , sobre todo, trasladar a sus militantes y votantes que son dos apuestas a corto, medio y largo plazo, que confían en sus capacidades de gestión y en su constancia más que en su carisma, y que lo que desean ofrecer a los ciudadanos es honestidad, trabajo y conocimiento de la realidad en la que se mueven.
Las dos alternativas son válidas pero tendría que tenerse en cuenta que desde la salida de Joaquín Leguina del Gobierno autonómico y de la de Juan Barranco del Ayuntamiento madrileño, los socialistas han ido dando tumbos, si bien es cierto que con la candidatura de Rafael Simancas a punto estuvieron de reconquistar el sillón de la Puerta del Sol, y el ex secretario general del PSM tampoco tenía lo que se dice, carisma. El resto está lleno de candidatos que llegaron para ganar y se fueron con la derrota a otros cometidos: Miguel Sebastián, Trinidad Jiménez, Cristina Almeida…
Los dos, Gómez y Lucas, son personas sensatas, dotadas de sentido común, serias en su trabajo, que llevan tres años poniendo orden en los respectivos grupos del PSM y que deben contar con las mismas oportunidades con que han contado otros dirigentes de su partido. No hay que olvidar que el carismático Felipe González necesitó tres elecciones para llegar a La Moncloa y con un intento de golpe de estado por medio y una fuerte crisis económica a la que se unió la descomposición del partido que estaba en el Gobierno.
La otra vía: sacar de la dirección y del Gobierno a dos dirigentes más conocidos como podrían ser Alfredo Pérez Rubalcaba, Beatriz Corredor, Javier Solana o la vuelta de Trinidad Jiménez tienen un riesgo muy claro e imposible de evitar: si no ganan y gobiernan se irán y los socialistas tendrán que volver a empezar pero con Tomás Gómez y David Lucas “quemados” en su futuro político. Ninguno de ellos se merece ese camino.
Un camino hacia las urnas que se está llenando de “minas personales” y miradas al pasado, e incluso a un pasado tan lejano como el del franquismo. Aquello de que la venganza se toma en frío está de moda.
Es tan viejo el uso del ataque como la mejor de las defensas, que cuesta comprender la tardanza del PP para usar este método tras la lluvia de proyectiles que está recibiendo con el caso Gürtel y el resto de acusaciones desde Baleares a Madrid pasando por la Comunidad Valenciana, sobre todo si nos asomamos a mediados de los año noventa y comprobamos lo útil que les resultó la ofensiva general contra el gobierno de Felipe González y que “terminaron” con un ex ministro y un ex director general de Seguridad en la cárcel. No se si se puede hablar de “venganza” pero de lo que estoy seguro es de que los partidos, como “cuerpo vivo” socialmente hablando tienen memoria. Y de aquello a esto que vivimos no hay mucha distancia.
Las sucesivas dimisiones de Jaume Matas y Luís Bárcenas, que se suman a otras de los últimos meses, entre los silencios de Mariano Rajoy y las intervenciones de otros
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